Imagen de archivo. Pixabay
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“Tal vez el primer paso sea recordar que los protagonistas de este deporte son niños y adolescentes. Y que lo único que quieren es divertirse en el campo”

Este fin de semana, en dos partidos de fútbol base en Palencia, se vivieron situaciones que no deberían ser normales pero que, por desgracia, lo son. Según informaba la SER, en un encuentro del CD San Telmo, un niño de 11 años fue expulsado por insultar al árbitro. En otro, un delegado del mismo club increpó de malas maneras a una colegiada de solo 15 años. Lo que tendría que ser un espacio de aprendizaje y diversión, muchas veces acaba siendo un reflejo de lo peor del fútbol, y del deporte en sí.

El CD San Telmo ya ha condenado los hechos y ha tomado medidas. Pero el problema va más allá de estos dos episodios. Estas conductas en el fútbol base van de raíz a un foco que está en la grada. Los pequeños no insultan ni desafían a una autoridad porque sí. Son esponjas que absorben lo que ven y escuchan. Y si lo que reciben es un ambiente hostil, acabarán normalizando esos comportamientos. Las gradas, que deberían funcionar como apoyo a los más pequeños, en demasiadas ocasiones se parecen más a un campo de batalla. Son niños, no hay que olvidarlo. No es raro ver a padres y entrenadores gritando como si estuvieran en una final de la Champions, protestando cada decisión arbitral e incluso yendo a enfrentarse a ellos. ¿Qué mensaje se transmite? Ganar es lo único que importa, y todo vale para conseguirlo. Un fútbol base que no debería ser una versión reducida del fútbol profesional. Aquí la diversión, ante todo, debería prevalecer ante cualquier presión. Porque no hay que olvidar para qué se apuntan los niños y niñas a estas actividades. Y es que los niños no nacen con estas actitudes competitivas. No llegan al campo con la idea de insultar a un árbitro o provocar a un rival. Lo aprenden. Ídolos, adultos (entrenadores, familiares…).

El árbitro, por ejemplo, debería verse como una figura de respeto, alguien que hace posible el partido y ayuda a que se desarrolle con normalidad. Sin embargo, con demasiada frecuencia se convierte en el blanco de todas las frustraciones. Marina, la colegiada de 15 años que sufrió insultos, es solo un ejemplo más de un problema que se repite semana tras semana. Y jóvenes que solo quieren APRENDER. Aprender de su deporte favorito que se puede volver cuesta arriba. Es solo fútbol base. ¿De verdad queremos esto para las próximas generaciones?

El fútbol base (así como cualquier deporte) debería ser una escuela de valores. Más allá de quién gane o pierda, lo que de verdad importa es que los niños crezcan en un ambiente sano, donde aprendan respeto, compañerismo y deportividad. Y eso solo se consigue si los adultos que los rodean predican con el ejemplo. No se trata de señalar culpables, sino de reflexionar y asumir responsabilidades. Tal vez el primer paso sea recordar que, antes que jugadores o árbitros, los protagonistas de este deporte son niños y adolescentes. Y que lo único que quieren es divertirse en el campo.

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