Editorial de abril de 2025
Como sociedad, hemos caído demasiadas veces en la trampa de la generalización. Clasificamos, etiquetamos y asumimos sin conocer, sin profundizar. No todos los andaluces son vagos, ni todos los catalanes son tacaños, ni por supuesto todos los vascos son proetarras. La vida me ha enseñado que en todos los lugares y sectores hay de todo, como en botica. Lo verdaderamente importante es rodearnos de personas que sumen, que nos ayuden a ser mejores, que nos inspiren y nos hagan la vida más sencilla. En definitiva, rodearnos de buenas personas.
El tiempo también nos ha demostrado que errar es humano, que la perfección es una utopía inalcanzable y que la vida es un aprendizaje constante. Desde que damos nuestros primeros pasos hasta la madurez, crecemos a base de aciertos y errores. Y si algo he aprendido, es que los fracasos nos enseñan mucho más que los éxitos.
He admirado siempre a quienes, después de fracasar, se levantan con más fuerza y lo intentan de nuevo. Sin embargo, en nuestro país el fracaso sigue siendo visto como una condena, en lugar de un peldaño más en la escalera del éxito. En otros lugares, como Estados Unidos, un emprendedor que ha fallado es alguien que ha aprendido valiosas lecciones. Aquí, en cambio, el sistema, las entidades financieras y la propia sociedad a menudo castigan el intento fallido, en lugar de incentivarlo y apoyarlo.
Pero lo verdaderamente preocupante no es solo la falta de apoyo al que se cae y quiere levantarse. Es la pérdida de valores esenciales. El respeto, la empatía, la solidaridad… Principios que deberían ser la base de nuestra convivencia se desmoronan ante nuestros ojos.
Prueba de ello es la escalofriante noticia de los cuatro menores que acosan y golpean a un compañero con parálisis cerebral mientras lo graban con sus teléfonos móviles. ¿Cómo es posible que hayamos llegado a este punto? ¿Qué clase de educación y valores están recibiendo estos jóvenes? ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo? ¿Qué les inculcan sus padres?
Nos hemos obsesionado tanto con los derechos que hemos olvidado las obligaciones. Y en nuestra ceguera, permitimos que la crueldad y la impunidad crezcan en nuestras calles, en nuestras aulas, en nuestras casas. No podemos seguir permitiéndolo. Es urgente y necesario recuperar la conciencia del respeto al otro, de la responsabilidad de nuestros actos, de la enseñanza de principios básicos como el simple y poderoso: “No hagas al prójimo lo que no te gustaría que te hicieran a ti.”
La vida es demasiado frágil. A veces, un solo instante puede arrebatárnosla o cambiarla para siempre. Lo comprendí una vez más cuando recibí una llamada de una compañera de trabajo, una persona imprescindible en mí día a día, que me contaba con la voz quebrada que acababa de salir de urgencias tras un gravísimo accidente. Un camión con una rueda reventada había embestido el coche en el que viajaba con su hermana. Está viva de milagro.
Y entonces, me hago una última reflexión. Estamos de paso en esta vida, y sin embargo, desperdiciamos tiempo en conflictos absurdos, en odios sin sentido, en batallas que no suman nada. La vida es tan sencilla como vivir y dejar vivir, tratar a los demás con respeto, con humanidad. Rodearnos de buena gente, de personas con valores, con principios, con sentido común. Porque al final, lo único que realmente importa es cómo decidimos vivir y cómo elegimos tratar a quienes nos rodean.
Y es ahí donde nos jugamos el verdadero futuro de nuestra sociedad.