Marta Sastre Barrionuevo (Periodista / Piloto)
No sé por qué razón esta mañana ha aparecido en mi teléfono una foto de mi estancia en Arabia Saudi. Tuve base allí durante 3 años, en una época en la que los turistas tradicionales tenían totalmente vetado el acceso al país y solo otorgaban visas de trabajo. El único turismo que se permitía era el religioso y las mujeres teníamos que ir siempre tapadas con la abaya y el hiyab.
Reconozco que al principio el choque cultural me resultó bestial pero el ser humano se adapta a todo y al cabo de los meses me pareció hasta cómodo.
En mi maleta solamente metía un par de abayas y unas zapatillas. Reconozco, no sin sentirme un poco culpable y aterrada porque alguien lo malinterprete, que no tener que pensar qué ponerme me resultaba un descanso. Imagino que esto sacado de contexto suena mal pero en muchas ocasiones he encontrado que tener que pensar constantemente qué ponerme, cómo llevar el pelo perfecto, el maquillaje o todo lo que conlleva ser mujer y tener una imagen medianamente cuidada, suponía también una esclavitud.
Estas experiencias me transportaban siempre a las misas del pueblo de mis abuelos, inundadas de mujeres ataviadas de ropajes negros y pañuelos en la cabeza.
Como bien saben, pasar por la vida sin perder un familiar es prácticamente inevitable, por lo que el luto inundaba las calles. Un luto que la tradición imponía en ocasiones de manera permanente a algunas mujeres, cuando fallecían padres, abuelos y suegros.
Además mientras duraba el tiempo de duelo era impensable acudir a bailes, festejos y lugares públicos de diversión.
Me acuerdo la cantidad de veces que le sugerimos a mi abuela que empezara a llevar lo que se denominaba ropa de alivio, que no era más que añadirle un toque de motas o diminutos diseños blancos a su atuendo y ella se llevaba las manos a la cabeza. Aquello le parecía poco más o menos que ser una mujer sin valores. En teoría, nadie le obligaba, pero, en los 40/50 el luto consiguió condenar a varias generaciones de mujeres al ostracismo y la tristeza del color negro.
En realidad, el luto fue un tormento moral más para todas ellas. No hay nada más coercitivo que la moral de la mayoría. Para salir del rebaño hay que ser muy valiente y muchas veces se nos considera locos y en aquella época perdidos.
Federico García Lorca lo dejó plasmado de una manera magistral en “La casa de Bernarda Alba” cuando Bernarda se dirige a sus hijas: “No ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Hacemos cuenta de que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas”.
Imagino que la gente joven que me regale leer este artículo, pensará que lo que les cuento es ciencia ficción, pero mi propia madre me contó cómo a finales de los 50 la muerte de su padre hizo que tanto ella como sus hermanas no pudieran salir de casa en 2 años.
Se imaginan pasar su preciada pubertad sin poder salir con sus amigas, o ir a la fiesta del pueblo, ¿o reír? A mí me parece una crueldad enorme para unas niñas que todavía están despertando a la vida, perder un ser querido y además desaparecer de la vida social durante años.
Afortunadamente este luto riguroso empezó a desaparecer poco a poco en los años 70, al igual que la obligatoriedad de los no musulmanes de llevar abaya en Arabia Saudí, donde por fin se permitió el acceso a los turistas en el año 2019.
Las costumbres son cíclicas y cada sociedad necesita su tiempo para cambiarlas.
Con P de puerta para que podamos abrirlas y que entre el aire fresco en nuestras vidas y desaparezca todo aquello que nos subyuga y nos limita.