Por Marta Sastre Barrionuevo (Periodista / Piloto)
Hablaba yo estos días con una amiga de lo difícil que le estaba resultando hacer frente a la separación del padre de sus hijos.
Hace mucho que sabíamos que estaba sufriendo en silencio, pero éramos incapaces de ayudarla. Estaba inmersa en una de esas relaciones tóxicas que te anulan por completo. Un marido narcisista que le iba quitando las ganas de sonreír, mirarse al espejo o quedar con sus amigas de toda la vida. Cada vez que nos encontrábamos con ella, intentábamos ignorar los ojos hinchados que delataban horas de llanto infinito.
Las pocas veces que nos atrevíamos a comentarle algo, nos decía que todo era culpa suya, que a veces se ponía muy pesada y su pobre marido se enfadaba.
Ni que decir tiene que nosotras nunca estuvimos de acuerdo con esa afirmación, pero las pocas ocasiones en las que nos atrevíamos a decirle lo poco o nada que nos gustaba su marido, ella se encerraba en sí misma y la perdíamos durante una larga temporada. Es frustrante ver cómo tu compañera de vida, se va consumiendo poco a poco, se olvida de su propia existencia y se nutre de los Dementores que absorbían el alma del Harry Potter de J.K. Rowling.
Camina agachada para pasar desapercibida, no se maquilla, no se compra ropa y adopta la apariencia de un robot.
Esa es María, nuestra María, la que una vez fuera una muchacha alegre, presumida, llena de vida, y con las ínfulas necesarias para comerse el mundo. La misma chica que vendía renacimiento en plena decadencia. La misma mujer que todos admiraban, que todos admirábamos, porque barruntábamos, sabíamos, que algún día llegaría a algo muy especial y maravilloso porque había sido dotada de múltiples talentos.
Aquella María que yo conocía tan bien, ahora estaba apostada frente a mí con el rictus de un perrillo asustado al que se le están agotando las fuerzas para seguir luchando.
Pero ¿qué le pasó a María en su particular cruce de caminos? ¿Cuál fue la decisión que cambió su vida?
Como tantas otras mujeres bellas, se enamoró de un canto de sirenas que se le antojó difícil de conseguir. Porque a las mujeres guapas les abruma elegir entre tantas opciones, porque el ser humano se aburre de lo fácil de lo predecible, de lo fácilmente accesible. De repente un día, entre risas y vaciles, llega el malote, el guaperas, el cantamañanas de turno, que un día te idolatra y al día siguiente te aplica la ley del hielo. Ese teléfono que de repente se vuelve mudo, inanimado, ese teléfono que miras 100 veces al día, esperando que llegue ese mensaje que nunca recibes y que cuando por fin llega, tu cuerpo se inunda de dopamina. Esa traidora dopamina que te engancha y te esclaviza.
Este tipo de enganche al malote, que muchas veces es a su vez narcisista, es muy difícil de entender para el que no lo vive. Sin embargo, el que está dentro de ese círculo de destrucción, vive un infierno de tristeza, culpabilidad, “gaslighting” y pérdida de identidad y autoestima. Pero un buen día, algo pasó y María despertó de ese letargo. Decidió abandonar al narciso e irse con sus hijos a otra morada. Una morada humilde pero feliz y cuando por fin empezó a vivir de nuevo, a sonreír, el Universo le envío a Felipe.
Felipe era la antítesis del Narciso. Ni que decir tiene que María no estaba para más relaciones, pero descubrir que no todos los hombres son Narcisos le ayudó inmensamente para aferrarse a la vida de nuevo.
Felipe le recordó lo maravillosa que todavía era, lo muchísimo que tenía que dar, lo valioso de su pensamiento. Felipe le ayudó a acabar con el sortilegio del amor insano, la normalización del infierno en vida y le enseñó que María solo hay una y que María volaba sola.
Todas las amigas de María te agradecemos Felipe por existir y demandamos que haya más Felipes en el mundo que nos arropen y nos mimen, que nos escuchen y nos cuiden y que nosotras, por ende, prescindamos de esos malditos Narcisos, portadores de mala fe y destrucción y elijamos a los Felipes, porque ellos sí se merecen nuestra atención y nuestro cariño.
A todos esos Felipes os dedico este artículo, gracias por existir.
“Aunque ya nada pueda devolvernos la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, porque la belleza subsiste en el recuerdo”. William Wordsworth
Con p de “pausa”, la pausa que nos ayuda a reflexionar y tomar aliento para seguir luchando en esta vida tan bonita, con alguna que otra espina en el camino.