Felipe El Hermoso Marta Sastre

Marta Sastre Barrionuevo (Periodista / Piloto)

Este mes me apetece compartir con ustedes mi nueva devoción, la restauración de muebles de segunda mano y decoración en general.
Cierto es que con ésta, mi nueva pasión, juego con ventaja, puesto que en Londres hay más de 160 mercados para todos los gustos: de antigüedades, ropa de segunda mano, flores, souvenirs, comida… y como seguro que les suena, algunos como el Portobello Market, o el Leadenhall Market han sido escenarios de famosas películas.

Sin embargo, a mí lo que me encanta es ir por las tiendas de los pueblecitos tradicionales que albergan verdaderos tesoros.
La semana pasada sin ir más lejos, aproveché la visita de mis padres, que dicho sea de paso, son recibidos en casa como la escasa lluvia que llega al desierto. Los días anteriores la casa se llena de impaciencia ante la inminente llegada de “los lalos” como les llaman los niños.

A su entrada, la casa se llena de alegría, abrazos infinitos y jamón, mucho jamón.
En fin, no me entretengo más, como les iba diciendo, aproveché que mi padre es puro nervio como yo y me lo llevé de compras para reformar un piso al que tengo mucho cariño. Mi progenitor, que ni decir tiene, pertenece a una generación diametralmente opuesta a la mía, no lo tenía claro. “Mira hija, déjate de ahorrar dinero y vamos a comprar algo decente”. Entonces decidí pasar la tarde con él mirando tiendas normales mientras le explicaba las bondades de la madera maciza que se utilizaba antes y dicho sea de paso, no te tienes que pasar la tarde entera armando un mueble de acacia con nombre impronunciable de una de esas enormes tiendas Suecas que pueblan nuestras ciudades.
Por fin le convencí y empezamos comprando una mesa de comedor que realmente suponía una ofensa para los sentidos, en concreto uno, el de la vista.

Mis padres, porque he de añadir, que mi madre se unió en el último momento a la búsqueda del mueble perdido, no paraban de llevarse las manos a la cabeza anticipando la tragedia. Aquí hago un lapsus para reconocer que a mi Señora madre se le atisbaba una sonrisa disfrutando la llegada de la temida frase “ya te dije hija que lo barato sale caro”.
El miedo inundaba mis entrañas, tenía que probarles que era capaz de convertir ese pedazo de madera vieja en algo excepcional. Varias lijas, brochas, barnices incoloros y demás utensilios más tarde, por fin nos pusimos manos a la obra mi Señor papá y yo. El resultado fue fascinante. La madera que se iba mostrando ante nuestros ávidos ojos llenos de esperanza era tan bonita y de tal calidad, que hasta mi querida mamá tuvo que retractarse de su escasa fe.

Un barniz incoloro para cuidar esa maravilla, un toque de pintura a la tiza en las patas y un buen rato de deleite visual más tarde, acordamos de forma unánime que el esfuerzo había merecido la pena.
Con la confianza que me generó ese triunfo me armé de valor y les anuncié que ahora tocaban las sillas. Señores, en ese momento había creado un monstruo. Con qué ilusión me acompañaron a las siguientes compras. Una semana de idas y venidas, restauraciones varias y risas genuinas, se convitieron en una monada de pisito y para mí se quedan para siempre los recuerdos que guardaré eternamente de un trabajo mano a mano con mi maravilloso Don padre. Que sepas (él siempre me lee, o eso dice) que gracias a tí, esos muebles siempre serán muy especiales porque la vida a tu lado es siempre mejor. Perdonen por ser tan ñoña, pero es que una ya tiene una edad en la que las cosas que no se dicen desaparecen.

Con p de Padre y fíjense que lo escribo con mayúsculas porque Padre sólo hay uno y por eso hay que mimarlo.

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